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1ª Parte. Editar

Todos los días después del trabajo me iba a un pub irlandés, que está debajo de mi casa. Allí podía bajarme el portátil, tenían wifi, y escribir en él mientras me tomaba una pinta de cerveza, sin que los contertulianos me miraran de reojo, como si yo fuera un bicho raro. Descaradamente otros, no sé si con la intención de robarme el portátil, pero desde luego, con aviesas intenciones. Hay quien me llamará paranoico. Pero desde luego, esa incómoda sensación solo la tengo en los típicos bares españoles, donde se reúne la flor y nata del barrio. Nunca me he sentido así en Inglaterra cuando estuve  estudiando. Allí, es normal ver a la gente escribiendo, leyendo, trabajando con sus ordenadores en cafeterías y pubs. Es otra historia. Brenan, el camarero ya me conoce. Sabe a que hora suelo llegar, y procura que nadie ocupe mi mesa preferida. Una mesa redonda, pequeña, estratégicamente colocada en un rincón. Desde allí puedo ver quien entra y quien sale. ¿Soy un cotilla?. Quizás. Pero me gusta observar a la gente. Brenan, por ejemplo. Es un joven irlandés de 22 años, ojos azules, fríos como el mar helado de los casquetes polares. Su mirada es una perpetua tormenta de hielo en mitad del océano. Pelo  escaso por encima de la frente. Apenas hablamos un par de palabras pero me deja en paz, con esa capacidad que tienen los anglosajones, en general, de no meterse en la vida de los otros. Un camarero español siempre hace algún estúpido comentario que nadie le ha pedido. O te pregunta que escribes. A mi me lo hizo un andaluz, con un mondadientes en la boca. Era delgado como un lápiz, y portaba gafas con una portentosa graduación, a juzgar por el grosor de sus lentes. Me señaló al portátil y me preguntó si estaba escribiendo una novela de aventuras. Rebullí inquieto en el asiento. Mi silencio lejos de amilanarle, le animó a contarme los pormenores de sus gustos literarios:

-A mí lo que me gustan son los libros del oeste. Y las novelas policíacas... de crímenes. ¿Es una novela policíaca?.

Cuando algo me disgusta no suelo hablar. Me quedo en silencio esperando. Pero si mi silencio acaba incomodando al más pintado, aquel andaluz que no tenía clientela en aquel momento, y que probablemente se aburría tras la barra del bar, pareció tomarlo en un principio, como una invitación a su soliloquio.

Como no contestara a sus interpelaciones, pareció de repente, molestarse profundamente. Algo debió herirlo por dentro que me espetó de buenas a primeras:

-¿Que pasa?, ¿Que el señorito no habla con la baja estofa?.

Y se fue rezongando detrás de la barra desde donde me lanzaba miradas cargadas de ponzoña, mientras fingía pasarle un trapo hediondo a la barra grasiento. Su actitud tensa lo hacía temible a mis ojos. No soy cobarde pero no me gustaba el reflejo de sus lentes cuando fijaba su vista en mí. Ahora era como una barra de hierro, con tendones sobresaliendo de su garganta, y con los labios apretados. Sus gafas relampagueaban de ira contenida. Así que, terminé mi café, recogí mi portátil y me fui.

Yo sé que a Brenan nunca se le ocurriría preguntarme de aquella manera lo que estaba haciendo. Tal vez, si su curiosidad fuera mucha lo haría de una forma discreta, tranquila. Aunque sospecho que a Brenan no le importa nada lo que sus clientes hagan. A mi me interesa un grupo especialmente. Yo los llamo los conspiradores. Aparecen sobre las 20.00 horas. Piden cervezas y se arremolinan los tres alrededor de una de las mesas grandes. Siempre, como yo mismo hago, escogen la misma. La mesa más alejada de la puerta, de la barra y de las otras mesas.

Son hombres jóvenes, todos ellos españoles. Y, como si de un distintivo se tratase todos ellos portan un fino bigote. Apenas logro enterarme de lo que dicen. Siempre hablan en voz baja, casi como si cuchichearan. Esto fue lo que me llamó la atención. Brenan siempre pone música. No muy alta, pero si lo suficiente como para darle un poco de ambiente al local. Así, en el silencio entre una canción y otra yo afinaba mis sentidos y llegaban hasta mi mesa palabras sueltas, o frases a medio hacer. "...tren de las cinco..." "...parada rosa de los vientos..." "...no hay forma..."

Siempre tenían planos y mapas en los que señalaban o marcaban con el dedo algún itinerario secreto. Al principio, pensé que eran trabajadores ferroviarios. Pero dos cosas me hicieron abandonar esa idea. A saber, en Laguna Salada no hay estación de tren ni vías en funcionamiento. Las únicas vías que existen son las del antiguo tranvía que antaño cruzaba el pueblo de una punta a la otra.  La otra, más obvia era que ninguno de ellos iba uniformado.

Pronto averigüe sus nombres. Uno se llamaba Mario. Era el más mayor. Su pelo caneaba en las sienes. Tenía un bigote más poblado que el de sus compañeros. Sobre los labios su bigote parecía dividirse en dos partes, con forma de triángulo invertido. Se notaba que lo cuidaba con esmero. Este hombre tenía las cejas pobladas, sobre dos ojos marrón claro. Su mandíbula era cuadrada y a mí me parecía un soldado veterano. No solo por su altura y serenidad, sino también porque, a pesar, de rebasar los cuarenta, conservaba su cuerpo esbelto y fuerte. Siempre llevaba una boina, aunque no era la misma. Luego, estaba un tal Víctor. Era el más bajo de los tres. Pero no sabría decir si el más joven. Tenía el pelo rojo, escaso y lucía bajo la nariz unos pocos pelos cobrizos, mal dispuestos, ralos, que le daban a su bigotillo un aspecto débil y enfermizo. Víctor parecía un joven muy nervioso. Siempre miraba a todos lados. La mayoría de las discusiones tensas, en voz baja, entre ellos, las provocaba él, o eso es lo que me parecía. Y por último, estaba Alex. Era un joven atractivo pero taciturno. Me dí cuenta, de que era el que menos hablaba del grupo. Como Mario tenía todo el aspecto de un soldado. Alto, fuerte, con esa seguridad que solo poseen los hombres que sabrían defenderse en cualquier ocasión. Sus manos eran anchas, cuadradas y, aunque de pelo claro su piel tenía un ligero bronceado, que le daba todo el aspecto de un joven turista. Al contrario, que Víctor, cuyo rostro era un conglomerado de angulosidades y profundidades, sobre todo alrededor de la boca, su piel era lisa, sin arrugas, como si rara vez sonriera y siempre mantuviera la misma máscara imperturbable y sombría.

Me dí cuenta de que aquellos tramaban algo, cuando observé a Alex tapando con una agenda el mapa que habían extendido sobre la mesa. El motivo de este gesto era la llegada de Brenan con una nueva ronda de cervezas. Pero lo había hecho como si nada, apartando de la vista del camarero el objeto de su reunión, en un gesto tan natural que daba la impresión de que no quería que el mapa se manchara o estorbara el trabajo de Brenan en su mesa.

Otra cosa extraña, es que siempre pagaban por adelantado sus consumiciones. Eran clientes habituales y esto no era necesario. Pero a mi, me daba la impresión de que lo que realmente pretendían era poder salir del local rápidamente, con total discreción, en caso necesario, sin que un camarero les persiguiera reclamándoles el importe de sus bebidas. Pero todo eran impresiones mías. Sus conversaciones me llegaban a trozos. Susurros, frases sin terminar. Por otro lado, no podía estar mirándolos todo el tiempo. Levantaría sospechas, y era bastante probable que se encararan conmigo o que no volvieran a aparecer jamás.

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